PRÓLOGO

 

Leonor Flores Rabazo

 

Consejera de Cultura y Turismo

de la Junta de Extremadura

 

 

Cuando pensamos en el Patrimonio Cultural de Extremadura, hoy es evidente, y cada vez lo será más, que dentro de él incluimos un número creciente de manifestaciones que no tienen necesariamente un soporte material, o en las que lo material es solamente uno de los factores que intervienen, y normalmente no el más importante; esto es lo que llamamos el Patrimonio intangible. El multicolor traje de Jarramplas, con esa extraña máscara de grotesca expresión adornada con cuernos y su crin de caballo, su tambor de piel de saco y la correspondiente coraza de fibra de vidrio que necesariamente debe llevar la persona elegida bajo el traje, todo eso es una expresión material de nuestra cultura, forma parte de nuestro Patrimonio Etnológico, pero lo es y forma parte de él en tanto que parte interviniente de una fiesta, la de San Sebastián, en un lugar concreto, Piornal; esa fiesta es lo que realmente pertenece a nuestro Patrimonio cultural, pero es intangible, porque de ella forman parte aspectos inmateriales, como la organización ideológica y social que la hace posible, los diferentes rituales que la integran, el desarrollo de la celebración durante los días del festejo, las entradas y salidas de Jarramplas, las coplas que le cantan, etc.

 

 

Del mismo modo, hay que señalar que no sólo en Extremadura, sino allí donde hay un número significativo de extremeños viviendo cerca unos de otros, interactuando en la sociedad y dejando huella de sí mismos, puede decirse que se está generando un Patrimonio cultural que nos pertenece a los extremeños, si es que la cultura puede pertenecer a alguien. Allí donde

los extremeños emigraron hace treinta o cuarenta años, donde se asentaron y han creado familias que siguen viviendo allí, o que en parte regresaron a Extremadura, pero que dejaron allí parte de su ser, allí existe Extremadura, allí hay una parte de nuestro Patrimonio cultural intangible –o no- que es necesario preservar, y qué mejor manera de preservarlo para las generaciones futuras que con la documentación y la investigación, para que no se pierda la memoria de los cientos de miles de paisanos que tuvieron que salir de nuestra tierra para ganarse la vida fuera, incluso sin haber podido regresar muchos de ellos.

 

 

El libro que presentamos ejemplifica a la perfección lo que decimos; se trata de un profundo y exhaustivo trabajo de investigación sobre la experiencia vital y cultural de los extremeños, y no sólo extremeños, sino también de otros españoles, que tuvieron que marchar a Holanda en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Lo debemos al trabajo de una excelente antropóloga

holandesa, Geertje van Os, que –como puede percibirse a lo largo de las páginas- se acercó a este mundo de los extremeños inicialmente de una manera desapasionada, científica, a la manera etic, que dicen los antropólogos, pero que poco a poco fue siendo ganada por la manera de ser de nuestros paisanos, conociendo sus valores, costumbres, sentimientos y anhelos y poco a poco fue creando una relación de amistad y afecto con Extremadura y sus gentes de aquí y de allí que ha perdurado más allá de la finalización de su estudio. Esta nueva perspectiva emic le ha hecho valorar acertadamente aquello que es fundamental para nosotros, sin hacerle perder el necesario rigor y objetividad de su ciencia.

 

 

Y es que, a lo largo de los capítulos del libro, van desfilando ante nosotros historias de personas de carne y hueso, que tienen sus aspiraciones y sus miedos, sus frustraciones y sus deseos, sus principios y sus valores, y siempre su orgullo de ser extremeños y españoles sin que ello les impida estar profundamente agradecidos a un país, Holanda, que les dio la oportunidad de vivir y desarrollar su proyecto vital en unos momentos en que para muchas personas esto no era posible en el campo extremeño.

 

 

Afortunadamente, hoy la historia es muy diferente y Extremadura ya tiene las condiciones no sólo para que nuestra gente no tenga que abandonarla en masa simplemente para poder vivir, sino que en muchos casos es capaz de acoger a los que vuelven, aquellos emigrantes de la maleta de cartón y madera que hoy, ya abuelos, quieren vivir su merecida jubilación en nuestra tierra o a caballo entre Holanda y Extremadura, porque siempre vivieron en aquélla, pero tuvieron a ésta en sus corazones. Incluso tenemos la fortuna de contar entre nosotros con un número creciente de inmigrantes de otros países que han encontrado en la región extremeña su propia «Holanda» y se están asentando para construir su vida y sus hogares en nuestra tierra; ojalá que fructifique esta nueva semilla, señal de que los tiempos han cambiado, y de que la savia extremeña se enriquece cada día del mismo modo que nosotros contribuimos en su momento al progreso del resto de España y de Europa.

 

 

Creemos que la aportación del Museo de Cáceres a la conservación y difusión del Patrimonio cultural extremeño se amplía y enriquece con este título, décimo de su serie Memorias que viene a rendir homenaje a estos extremeños de la llamada «tercera provincia», esa de la diáspora, pero que siempre está tan cerca de nosotros.

 

 

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