INTRODUCCION

 

 

Juan M. Valadés Sierra

Director del Museo de Cáceres

 

 

 

Sin duda, una de las enormes ventajas que tiene nuestro mundo globalizado del siglo XXI, es la existencia de una red de alcance mundial que pone a nuestra disposición información detallada en tiempo real y accesible desde cualquier punto del planeta. Esta red, que para la mayoría de nosotros no pasaba de ser un sueño hace treinta años, hoy es una magnífica realidad que ha terminado por borrar fronteras y distancias abriendo unas autopistas de la información en las que a menudo se lleva uno interesantísimas sorpresas.

Esto es lo que me sucedió a mí cuando, buscando referencias a emigrantes extre- meños, topé con la web ttp://www.emigracioneindhoven.dse.nl, creada y gestionada por Miguel Ángel Luengo Tarrero, el emigrante extremeño más entusiasta de su tierra que yo he conocido, y creo poder decir que conozco a bastantes emigrantes extremeños a cuál más enamorado de la región en que nació.

 

 

Entre los muchos contenidos de interés de la web de Miguel Ángel, encontré la referencia de un libro publicado en 2006 por la antropóloga holandesa Geertje van Os, cuyo título, Ik kwam met een koffer van karton, llamó mi atención desde el principio1, y por supuesto despertó mi deseo de leerlo y conocer en profundidad las historias de los miles de españoles – extremeños en una gran parte- que desde los años sesenta del siglo pasado abandonaron nuestro país para ganar en el sur de Holanda una vida mejor y un futuro para sí y para sus hijos. Mi interés no viene dado sólo por pura curiosidad humana, sino que la emigración siempre ha sido de capital importancia en mi preocupación científica hasta el punto de haberle dedicado varios estudios publicados hace ya unos cuantos años2.

 

 

A decir verdad, ese interés tiene que ver con mi propio desarrollo vital, pues soy un extremeño hijo de la emigración que ahora se ve en la situación de retornado o quizá más bien re-emigrado al origen. Cuando tenía cinco años, mi familia se trasladó a Madrid para iniciar una nueva vida; mi padre, maestro nacional, obtuvo el traslado a la capital para garantizarnos una educación universitaria y una vivienda en propiedad que por aquel entonces era un bien escaso en Badajoz, nuestra ciudad natal. El lugar en que se desarrolló esta experiencia, Leganés, forma parte del cinturón industrial de Madrid, y tal como le sucedió a la pequeña ciudad de Eindhoven unas décadas antes, en pocos años multiplicó su población con la llegada de miles de castellanomanchegos, extremeños y andaluces; allí se desarrolló mi infancia y juventud, y cuando tuve que escoger un tema de investigación tras licenciarme en Geografía e Historia, tuve claro que quería conocer y difundir la experiencia vital de aquellos millares de extremeños que residían en Leganés, hasta constituir en aquella época el 10 % de la población, y que habían llegado a formar una verdadera comunidad en el sentido antropológico del término con sus propios ámbitos de sociabilidad, sus símbolos grupales y hasta su fiesta en honor a la Virgen de Guadalupe. Andando los años, se me brindó la oportunidad de llevar a cabo el anhelo de todo emigrante (yo siempre me sentí como tal aunque no fuera más que un hijo de la emigración), es decir, regresar a mi tierra. Me vine a trabajar a Cáceres trayendo ya a mi propia familia en un retorno que en realidad no fue otra cosa que otra emigración, puesto que Cáceres era para mí una ciudad tan extraña como cualquier otra salvo por su pertenencia a la misma Comunidad Autónoma que Badajoz; convertí en emigrantes a mi esposa e hijos, y puede decirse que la historia volvió a comenzar, pero al revés.

 

 

Con esa experiencia y esos intereses científicos, ¿cómo no iba a tener un enorme deseo de leer el trabajo de Geertje y, a ser posible, propiciar que otros españoles lo pudieran leer en nuestra lengua? Gracias también a Miguel Ángel pude entrar en contacto con ella y conocerla personalmente con motivo de su estancia en Cáceres en febrero de 2008 para participar en nuestro Ciclo de conferencias con una memorable charla sobre la viudez y el luto en el pueblo cacereño de El Torno, tema de su tesis doctoral3. Su excelente disponibilidad para colaborar, su detallado conocimiento de la colonia extremeña de Eindhoven y, por qué no decirlo, el amor a España que se trasluce en su conversación y que trata de transmitir a sus allegados, me determinó aún más a encargar la traducción al castellano de su libro, que hoy es una feliz realidad, con su título españolizado Me vine con una maleta de cartón y madera, que el lector tiene en las manos gracias al ímprobo trabajo no sólo de Geertje, sino también de Miguel Ángel Luengo y del traductor Johan Pouwels. De Johan es preciso señalar su españolidad vocacional, pues no es corriente que un holandés sin más vínculos iniciales con España llegue a especializarse en nuestra cultura e imbuirse de ella hasta convertirla en su segunda profesión; en todo ello tiene que ver su cariño a España ganado a través de nuestros compatriotas residentes en Holanda, sin ese cariño hubiera sido imposible que se lanzase a la aventura de esta traducción y que además lo hiciese de modo tan generoso y profesional.

 

 

La lectura, por fin, de sus páginas, me ha descubierto un mundo que ya había intuido ojeando y hojeando la edición holandesa, viendo sus fotografías y leyendo las historias de la página web de Miguel Ángel. Y ha resultado ser un mundo muy conocido para mí, porque se parece tanto al mundo de «mis» emigrantes extremeños en Leganés como puede parecerse un extremeño a otro extremeño; las diferencias que puede haber entre unas y otras historias se deben particularmente a la cuestión del idioma, que en el caso holandés fue siempre y sigue siendo barrera infranqueable que ha dificultado la integración de muchos emigrantes y que ahora se erige como obstáculo incluso en la relación entre éstos y sus nietos holandeses, la tercera generación. Es cierto que los extremeños de Leganés no tuvieron ese problema, pero tuvieron que enfrentarse con sus escasas fuerzas a otras dificultades mejor resueltas en el caso de Brabante, como la vivienda, las vacaciones pagadas o el pluriempleo y las horas extras casi obligados en Leganés no ya para ganar y ahorrar más dinero, sino para llegar a fin de mes.

 

 

Como en Leganés, los extremeños de Eindhoven, Helmond y otras ciudades se vieron solos, sin la red de asistencia y apoyo mutuo que la familia les daba en su origen; igual que ellos, buscaron a gente de sus pueblos para tenerlas como vecinas, trataron de mantener el contacto con Extremadura, la cual visitaban una vez al año siempre que podían (en esto no hay grandes diferencias, porque 300 kilómetros en la España de los años sesenta y setenta eran más largos que 2.000 de ahora), trabajaron todo lo que pudieron para sacar adelante a las familias y poder dar estudios a los hijos para «que no pasaran por lo mismo que ellos», se asociaron con otros extremeños para alimentar la nostalgia, pero también para crear las redes de apoyo y relaciones que necesitaban, soñaron siempre con el regreso, que sólo algunos llegaron a realizar, trataron de comer patatera y beber vino de pitarra lejos de su tierra, llegaron a preguntarse si realmente había valido la pena tanto sacrificio, y finalmente la mayoría o una gran parte se quedó a vivir fuera de Extremadura porque les ataban los hijos y los nietos, pero eso sí, a su muerte, prácticamente todos quisieron descansar en su amada tierra extremeña. En cuanto a los hijos, tanto los de Leganés como los de Eindhoven se convirtieron en seres extraños, con una doble identidad que les llevaba a ser tratados como forasteros, o a sentirse como tales, tanto en sus ciudades de residencia como en el lejano pueblo de los padres, y con los años, los menos optaron (optamos) por volver a Extremadura, donde también sufrieron para adaptarse, mientras la mayoría construía su vida y su hogar en la ciudad.

 

 

Como muy bien señala Geertje, para casi todos los emigrantes españoles su partida hacia Brabante fue el punto decisivo en su historia personal, un antes y un después en su vida que condicionaría el resto de su existencia y la de sus familias. Los españoles, con su trabajo, contribuyeron de manera importante al crecimiento y prosperidad de ciudades industriales como Eindhoven y Helmond, y con su ausencia obligada también cambiaron el rumbo de la historia en Extremadura; lo mismo sucede con su regreso, que ha venido a ser un factor importante de desarrollo en muchos pueblos de la región. Estos trabajadores, que vivían en Holanda y soñaban con España, fueron los primeros obreros de la Europa meridional en el sureste de Brabante y también fueron, durante mucho tiempo, el mayor grupo de foráneos en aquella sociedad. En efecto, sólo por esta circunstancia, el patrimonio cultural que han generado y transmitido a las siguientes generaciones debe protegerse y conservarse a través de la documentación e investigación, de la que este libro es un excelente ejemplo. Su memoria no debe perderse ni en Holanda ni tampoco en Extremadura.

 

 

Esta es la historia de una parte fundamental de Extremadura; la mayoría de los estudios coinciden en señalar que, sin la emigración, nuestra región hoy podría tener el doble de su población actual. Esto quiere decir que hay tantos extremeños y descendientes de ellos fuera de la Comunidad como dentro de ella; por ello, no debe verse a los emigrados como una especie de fugitivos que abandonaron el barco cuando éste iba a la deriva, sino como un miembro esencial del cuerpo de la región que fue terriblemente mutilado en un momento en que las condiciones de vida del campo extremeño no hacían posible su permanencia y que, además, al ausentarse en tan gran número de nuestro suelo, en cierta manera facilitó la permanencia de los demás, por rebajar la presión demográfica y el desempleo que de otro modo hubieran llegado a límites insostenibles. Con su sacrificio, estos emigrantes no sólo se ayudaron a sí mismos y a sus familias, sino también a la permanencia de Extremadura en el trance del peor momento de su historia reciente.

 

 

Así mismo, es preciso –yo diría indispensable- que en la memoria colectiva de Extremadura, y del resto de España, permanezca indeleble el recuerdo de esta experiencia que afectó a millones de españoles, y que no está tan lejana en el tiempo como para que se cierna sobre ella el velo del olvido que a veces parece que se quiere echar. España –y Extremadura sobre todoha sido no hace mucho una tierra que ha expulsado a su población por falta de oportunidades, millones de españoles han tenido que salir de su tierra para ganarse el pan, y eso no puede ni debe borrarlo la prosperidad –tal vez más aparente que real a la vista de la situación actual- de las últimas décadas que ha propiciado la llegada de miles de extranjeros a nuestro país en busca del mismo futuro mejor que buscaron nuestros padres y abuelos. Que no se nos olvide.

 

 

 Volver